El 31 de octubre de 2025 fuimos al Palacio de Vistalegre de Madrid para ver a Bush, en el marco de su World Tour 2025, como invitados especiales de Volbeat en una noche que también contó con Witch Fever como banda de apertura.
El regreso de Bush a Madrid 2025.
No era una noche cualquiera para los seguidores de Bush en Madrid. La banda inglesa solo había tocado una vez en la ciudad, hace treinta años, en The Revolver Club, aquel 8 de abril de 1995 que hoy parece parte de otra era.
Esta vez no venían como cabezas de cartel, sino como teloneros de los daneses Volbeat. Eso, evidentemente, condicionaba la duración del concierto, pero también hacía que su presencia en Vistalegre tuviera algo de oportunidad inesperada. Una de esas ocasiones que uno aprovecha porque no sabe cuándo volverá a repetirse.
Llegamos temprano al Palacio de Vistalegre y aprovechamos para cenar algo antes de entrar. La noche pintaba larga, con tres bandas y horarios bastante ajustados. Witch Fever abría a las 7:00 p.m., Bush estaba anunciado a las 7:50 p.m. y Volbeat tomaría el escenario a las 9:10 p.m.
Todo listo para Bush en el Palacio de Vistalegre.
Entramos con tiempo y nos ubicamos en las gradas. Desde allí el sonido estuvo bastante bien, algo que siempre se agradece en Vistalegre, un recinto que puede funcionar mejor o peor dependiendo de dónde te toque y de cómo venga mezclada la noche.
Witch Fever ya había calentado el ambiente con una propuesta más cruda y oscura. No era una banda que todo el mundo pareciera conocer, pero cumplió con ese papel de abrir la noche y preparar el terreno para lo que venía después.
Bush salió puntual, con Gavin Rossdale al frente. Es curioso pensar que él es el único miembro original que se mantiene en la banda. También llamaba la atención otro dato: el día anterior había cumplido 60 años y, viéndolo moverse por el escenario, cuesta creerlo. Se mantiene en excelente forma, con presencia de frontman clásico y esa mezcla de elegancia británica y actitud noventera que siempre ha tenido.
Así empezó el concierto de Bush.
Bush arrancó con Everything Zen, una forma directa de llevarnos al Sixteen Stone, uno de esos discos que definieron buena parte del rock alternativo de los noventa. No hubo demasiado calentamiento ni rodeos: salieron a por todas, conscientes de que tenían poco tiempo.
Siguieron con 60 Ways to Forget People y The Land of Milk and Honey, ambas de su etapa más reciente, antes de volver a subir el nivel con Machinehead. La combinación funcionó bien, alternando nostalgia con material nuevo sin que el concierto se sintiera como un simple greatest hits comprimido.
Machinehead fue, naturalmente, uno de los primeros grandes momentos de la noche. Hay canciones que no necesitan demasiada presentación. En cuanto empieza ese riff, uno entiende por qué Bush sigue teniendo un lugar especial para quienes crecimos escuchando rock en los noventa.
Luego llegaron Heavy Is the Ocean, More Than Machines e Identity. Todas sonaron potentes y bastante compactas. Aquí se notaba que el setlist estaba pensado para no perder tiempo: nada de pausas largas, nada de discursos eternos. Canción, golpe, siguiente canción.
Glycerine y el momento más emotivo de Bush.
El punto más especial de la noche llegó con Glycerine. Gavin Rossdale se quedó solo en el escenario para hacer una versión acústica, sin artificios, sin la banda detrás y con todo el peso de la canción cayendo sobre su voz y su guitarra.
Fue muy emotiva. Probablemente el momento que más justificó haber estado allí. Glycerine es una de esas canciones que resisten el paso del tiempo porque no necesitan sonar perfectas, sino sinceras. Y esa noche lo fue.
La interpretación tuvo ese aire de confesión que a veces se pierde en los conciertos grandes. Durante unos minutos, Vistalegre pareció más pequeño. No era el pabellón de Volbeat, ni una noche de tres bandas, ni un horario de telonero. Era Gavin Rossdale cantando una de las mejores canciones de Bush frente a un público que sabía perfectamente lo que estaba escuchando.
Después vinieron I Beat Loneliness y Flowers on a Grave para cerrar un set corto, de apenas diez canciones, pero bien elegido para el espacio que tenían. El concierto terminó a las 8:40 p.m., cincuenta minutos después de haber empezado.
Volbeat cerró la noche en Madrid.
Después de Bush llegó el turno de Volbeat, que eran los cabezas de cartel dentro de su Greatest of All Tours Worldwide. Los daneses salieron a las 9:10 p.m. y ofrecieron un concierto de hora y media, mucho más amplio y con una producción claramente pensada para ellos.
Abrieron con The Devil’s Bleeding Crown, Lola Montez y Sad Man’s Tongue, esta última con guiño a Ring of Fire de Johnny Cash. Más adelante sonaron Fallen, Shotgun Blues, Heaven nor Hell, Die to Live, Black Rose, Seal the Deal, For Evigt y Still Counting, antes de cerrar con A Warrior’s Call / Pool of Booze, Booze, Booza.
Volbeat sonó contundente y el público respondió con bastante entusiasmo. Es una banda con una fórmula muy reconocible, a medio camino entre metal, rockabilly, hard rock y melodía de estadio. No era necesariamente nuestro principal motivo para estar allí, pero el concierto se disfrutó y terminó redondeando una noche bastante completa.
Así fue Bush en Madrid 2025.
Lo de Bush en Madrid fue breve, sí, pero dejó buen sabor de boca. Quizás precisamente por eso: no hubo tiempo para dispersarse. Fueron cincuenta minutos directos, con un Gavin Rossdale en muy buena forma y con Glycerine como momento más recordado de la noche.
Nos hubiera gustado un concierto propio, con más canciones y más espacio para recuperar temas de otras épocas. Pero considerando que venían como teloneros de Volbeat, el setlist cumplió. Sonaron los clásicos necesarios, algunas canciones recientes entraron bien y el sonido en las gradas acompañó.
Treinta años después de aquella primera visita madrileña en un club, Bush volvió a Madrid en un pabellón y frente a un público distinto, más grande y más mezclado. No fue una noche dedicada exclusivamente a ellos, pero durante su tiempo en el escenario se sintió como si lo fuera.
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