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Nails, Exodus, Carcass y Kreator en Madrid, 2026.

La noche del 22 de marzo de 2026 en el Palacio de Vistalegre de Madrid fue una celebración rotunda del metal extremo en sus múltiples formas. Cuatro nombres, cuatro maneras de entender la agresión sonora: Nails, Exodus, Carcass y Kreator compartían cartel en una velada que, más que un concierto, fue un ejercicio de resistencia física y devoción colectiva.

Llegando al Palacio Vistalegre.

Llegamos temprano al barrio y ya se intuía lo que venía. Antes de entrar al Palacio de Vistalegre, hicimos parada en un bar cercano, tomado por completo por camisetas negras, parches y conversaciones cruzadas sobre giras, discos y viejas batallas en directo.

Mucha vieja guardia, pero también relevo generacional, todos compartiendo ese código no escrito del metal. El ambiente era inmejorable: cerveza en mano, expectación en el aire y esa sensación de estar a punto de vivir algo que va más allá de un simple concierto.

Un arranque sin concesiones: Nails

Sin previo aviso ni artificios, Nails irrumpieron como una descarga de violencia controlada. Su propuesta —un híbrido de hardcore, grind y death— funcionó como detonador inmediato del caos.

Liderados por el guitarrista Todd Jones (ex Terror), los californianos se presentaron en formato power trio junto al bajista Andrew Solis y el baterista Carlos Cruz, compactos, directos, sin margen para el error.

El set fue breve, afilado, sin apenas respiro: temas cortos que golpean como bloques de hormigón. El público, todavía frío, no tardó en entender que aquello no iba a ser una noche de medias tintas. Primeros circle pits, primeros empujones, primeras miradas cómplices entre desconocidos.

Thrash de manual: Exodus

Exodus tomaron el relevo con su Bay Area thrash metal, sin nostalgia impostada.. Lo suyo fue músculo y oficio: riffs cortantes, solos incendiarios y una base rítmica diseñada para mantener el cuello en movimiento constante.

Gary Holt, omnipresente, lideró con autoridad una actuación que equilibró clásicos y material más reciente, permitiéndose incluso coquetear con el icónico intro de Raining Blood de Slayer, en un guiño que recordaba su paso por la banda.

El público respondió con un headbanging sincronizado que convirtió la pista en un mar ondulante ante los acordes de Bonded by Blood, A Lesson in Violence y The Toxic Waltz.

Elegancia macabra: Carcass

Carcass, los británicos, aportaron el matiz más técnico y oscuro de la noche. Su death metal melódico, quirúrgico en ejecución, contrastó con la crudeza previa sin perder intensidad.

Jeff Walker, entre la ironía y la precisión vocal, sostuvo un repertorio que transitó entre lo grotesco y lo sofisticado. La iluminación —tonos verdes y enfermizos— reforzó esa atmósfera casi clínica, mientras temas como Heartwork, Buried Dreams o Corporal Jigsore Quandary recordaban por qué la banda sigue siendo una referencia décadas después.

Nos enteramos, ya un poco tarde, que la banda estuvo el sábado firmando álbumes en un bar de Vallecas.

Apoteosis final: Kreator

Si la noche necesitaba un clímax, los alemanes Kreator lo entregaron sin reservas. Lo suyo fue espectáculo total: pirotecnia, papelillo, coros masivos y un dominio absoluto del tempo emocional del concierto.

Los acordes de Run to the Hills de Iron Maiden sonaron como introducción antes de un set de 16 canciones en el que destacaron Hate Über Alles, Hordes of Chaos y Pleasure to Kill.

Mille Petrozza dirigió a la audiencia como un maestro de ceremonias, alternando arengas con descargas de velocidad. Aquí el público dejó de ser espectador para convertirse en parte activa del show: walls of death perfectamente ejecutados, cánticos colectivos y una energía que no decayó ni un segundo. Kreator no solo cerraron el concierto; lo elevaron a ritual.

Palacio de Vistalegre: sensaciones encontradas

El recinto presentó una entrada cercana al lleno, aunque con un flujo de público irregular: no todos vivieron el concierto completo. Hubo quien llegó para Kreator y quien se marchó antes del cierre, algo cada vez más habitual en este tipo de carteles extensos.

El sonido, sin embargo, fue uno de los puntos débiles de la noche. Irregular, por momentos embarrado, mejor en unas zonas que en otras, dejó la sensación de que aún hoy —y con todos los avances técnicos disponibles— sigue sin garantizarse una experiencia homogénea en recintos de este tamaño.

La cerveza corrió sin freno y el merchandising oficial tuvo una acogida notable, confirmando que, más allá del escenario, el ritual también se juega en los márgenes.

Nails, Exodus, Carcass y Kreator en Madrid

Cuatro bandas, cuatro aproximaciones al extremo, un denominador común: intensidad sin concesiones. Lo ocurrido en Vistalegre no fue simplemente un desfile de nombres históricos, sino una demostración de vigencia.

Nails recordaron que la violencia sonora sigue evolucionando; Exodus reafirmaron la solidez del thrash clásico; Carcass aportaron sofisticación y precisión; y Kreator sellaron la noche con un espectáculo total.

Madrid salió exhausta, sudorosa y —sobre todo— satisfecha. Porque hay noches que no se recuerdan solo por lo que suena, sino por cómo te atraviesan. Y esta fue una de ellas.

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